Te quiero ayudar a amar a la Iglesia. Episodio 1 – Introducción.


Amar no es fácil. No se puede amar aquello que no se admira, y no se puede amar aquello que no se reconoce, que no se acepta como es. Uno puede amar aquello que acepta en su propia realidad actual, y la Iglesia tiene su propia contradicción: es un tesoro en un vaso de barro.

 

 

Te quiero ayudar a amar.

Todos saben muy bien que no es fácil amar.

 

Hay un componente sacrificial en el amor, es necesario que lo haya para que luego pueda fluir el sentimiento y la pasión.

 

Hay condiciones previas que deben funcionar para que pueda fluir el amor.

La aceptación de la debilidad del otro. El perdón.

Sólo puede fluir esa pasión por el otro cuando lo acepto como es.

Al aceptar su debilidad puede ver y valorar sus virtudes.

 

Esto es válido para toda experiencia humana.

No puedo amar a ese esposo difícil a ese hijo rebelde sino lo puedo perdonar y aceptar desde la realidad que está viviendo, nunca lo voy a poder ayudar a cambiar.

 

Solo voy a poder amar a la iglesia si puedo ver la gloria de Dios contenida en la debilidad de los hombres que la componen, que digo debilidad, pobreza, miseria, de los hombres que la componen.

 

Te puedo mostrar las cicatrices y las heridas que todavía están sanando en mi corazón por lidiar con esa miseria humana y con mi propia miseria.

 

Es como dice el apóstol Pablo un tesoro incalculable en vasos de barro.

 

Hay una metáfora atribuida a Karl Barth que nos presenta una descripción muy vívida de este carácter tan contradictorio del pueblo de Dios en la tierra, tan débil y tan lleno de gloria.

 

Barth asemeja la iglesia al arca de Noé.  En el arca estuvieron encerrados por 40 días en un ambiente con poca ventilación durante cuarenta días, varios seres humanos con muchos animales, sin tener la oportunidad de bañarse, en medio de excrementos y orín. ¿Se imagina el olor nauseabundo del lugar, no?

 

En la iglesia muchas veces estamos en un ambiente así de corrosivo: celos, envidias, contiendas (1 Corintios 3:3). Muchas veces se nos hace difícil respirar y proseguir.

 

Barth concluye dramáticamente la parábola: peor están los de afuera. Es que fuera del arca de Noé estaban todos muertos. Lo mismo nos ocurre hoy, afuera de la iglesia todos están muertos espiritualmente, sujetos a todas sus tentaciones, rebeliones y pecados.

 

La Iglesia es el lugar que mejor alberga y contiene a las personas difíciles y raras, heridas y enfermas; esta es la misma razón de su existencia. Esto conforma un ambiente complejo en el cuál todos estamos en un proceso de transformación, todos muy débiles y expuestos.

 

Pero en el cual, asimismo, todos, nos queremos amar y relacionar abiertamente por medio de relaciones sanas y sinceras.

 

Es verdad que la vida en la iglesia es compleja pero es la mitad de la verdad. Si nos quedamos con esa media verdad sólo nos queda un fuerte desánimo y la carga pesada de sobrellevar todas nuestras debilidades, las propias y las ajenas.

 

La otra media verdad es gloriosa. Es donde la gloria de Dios se manifiesta y donde el Espíritu Santo hace su morada.

 

La presencia de Dios en medio de la Iglesia es la que hace toda la diferencia, No hay lugar más bello en la Tierra. Es donde Dios habita, se manifiesta y se da a conocer.

 

La vida de la Iglesia tiene momentos sublimes que no se puede experimentar en ningún otro lugar en la Tierra.

 

Dios habita en las alabanzas de su pueblo. La adoración conjunta, uniendo nuestros corazones, nuestros espíritu, delante de su presencia produce unas de las experiencias más altas que un ser humano puedo experimentar en la vida.

 

La presencia de Dios llena el lugar, se rompe el velo que separa lo natural de lo sobrenatural y el cielo mismo se hace una realidad palpable en la Tierra.

 

Una experiencia semejante al que experimentaron los discípulos en el Monte de la Transfiguración. Es cuando el cielo se une a la tierra y los seres humanos pueden tener comunión con los seres celestiales. No hay nada igual, ni es comparable con el lugar más paradisiaco de la Tierra.

 

Cuando los hermanos habitan juntos y en armonía, Dios envía bendición y vida eterna.

En muchos de nuestros retiros, convivencia o comidas fraternales experimentamos esta sensación de un anticipo de la comunión eterna que experimentaremos en la eternidad.

Se palpa esa bendición de Dios, produce alegría y gozo de estar juntos.

 

Por eso cuando nos encontramos a celebrar con nuestros hermanos Dios pone alegría y expectativa.

 

Nos preparamos con la certeza de que vamos a un lugar excepcional a tener comunión con Dios y con mis hermanos. Vamos con fuertes expectativas de lo que va a ocurrir, de lo que Dios nos tiene preparado para ese día porque tenemos la certeza de que una vez más, Dios va a enviar su bendición y su vida eterna, y no queremos perdernos nada de Dios

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